1.11.09

Contra l'orgasme

En realidad, la sumisión de la mujer a los orgasmos —únicos, plurales, sucesivos— es una sumisión a las formas de placer masculinas. Es ahí donde ha nacido toda esa noción de la frigidez que domina entre nosotros. El orgasmo se convierte, como muchas veces para los hombres, en algo que hay que perseguir, como un fin, como un premio, como una paga. Entonces, el placer está perdido; el placer desconocido, imprevisto, está perdido; aquello se convierte en un trabajo ("hacer" el amor): la imposición de lo teleológico anula cualquiera de las posibilidades que el sexo por excelencia, el femenino, podía tener en sí.

Se plantea ahora la curiosa cuestión de por qué, diciendo esto que digo del coño, o más bien diciendo el coño esto que está diciendo por mi boca, si es que acierto, se da, sin embargo, que la mayoría de las mujeres, no sólo es que sean más o menos frígidas y que, como decía honestamente en su canción Georges Brassens, «el 95% de las veces la mujer se aburre follando», con un cómputo probablemente bastante razonable, no sólo que sean frígidas (y lo son por lo que antes he dicho, por la razón teleológica, por el establecimiento del placer como un fin, como algo que hay que perseguir; la sumisión, por tanto, a la ley del trabajo), no sólo que sean más o menos frígidas, en contra de todo lo que vengo diciendo del infinito sexo femenino, sino que además sean, en general, también bastante gilipollas, tanto más o menos como los hombres, y con frecuencia superando la cuota; no tal vez, en general, tan pedantes ni brutales como puedan ser los tipos de este sexo, pero gilipollas sí.

Aquí teniu el text sencer: El sexo y lo sagrado (Agustín García Calvo)

1 comentari:

Anònim ha dit...

La pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo
de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo,
en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de
dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien
nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele.
Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del
abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos
encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte,
la llaman; pero grande, muy grande ha e ser, si matándonos
nos nace.

Eduardo Galeano
( mazda vermell)