
Vi volcanes nevados justo antes del apocalipsis
Niños prodigio bebiéndose su propia sangre
Humaredas de ciudades anónimas devastadas por el fuego anónimo
Bosques exhaustos con pájaros exhaustos que chocaban contra los cristales y morían con los ojos abiertos y las alas plegadas
Nubes radioactivas que barrían las nubes antiguas para llover polvo amarillo sobre los tejados
Flores minúsculas donde los colibrís succionan néctar delicioso
El púrpura de los atardeceres australes
frente al océano
Vi muñecas de trapo gritar como si fueran violadas
Pies descalzos y fríos caminando sobre cenizas
Ojos ciegos, henchidos de niebla, antesala de la perdición
Árboles milenarios susurrando versos efímeros
Volúmenes escritos en alemán donde se sostienen tesis inverosímiles
La Reina del
Arco Iris me abrazó en
el ombligo del mundo
Mi cabeza sufrió cuatro heridas como despertares
El
Nahual anduvo todas las noches a mi alrededor
Escuché el croar de la rana bajo la leña
Hongos sagrados alimentaron mi espíritu
Volé como el cóndor sobre la cordillera
Antesala del final, preludio de lo inevitable, la tierra tembló y el mar levantó su dominio
Nadie reaccionó, apenas tuvieron tiempo de mascullar una oración medio olvidada que aprendieron cuando niños
El viejo mapuche dio el aviso: “Se acerca la hora de la verdad, estamos en manos de
Kai Kai Filu”
Yo andaba por el cerro Ñielol de Temuko con una
machi que me enseñó los
Chemamül
Avanzamos por el sendero bajo los
kopiwes hasta las raíces profundas del
koywe
Le regalé una flor de sangre para que se la prendiera en su cabellera de azabache, pero recordó la
triste leyenda y al tiro la rechazó
Encendí la última hoguera para la última noche
Dormir, ¿para qué dormir si todo es pesadilla?
¿Para qué otra guerra si el destino es desatino?
Comí hasta el último grano de arroz antes del amanecer glorioso
Enloquecieron las órbitas de los sistemas solares
El
Hombre Pájaro se dispuso a emprender el vuelo
En lo alto,
Make-Make contemplaba con ojos gigantes
No es miedo lo que siento, sino respeto
Oscura es la ventana que se abre al mañana
Tan lejos de mi mundo, al otro lado del mapamundi
La
Tau me condujo hasta aquí y ahora sé que es Soma
Roja la sangre, rojo el sombrero, roja la
cabaña donde me cobijo de la miseria espiritual de Occidente
No habrá almas para tan pocas cruces
144.000, ni uno más ni uno menos
Rugen los motores, aullidos de lobos hambrientos que acechan
Llegó la hora suprema
Saqué el
ocho de copas: abandono de lo material, un peregrino vestido de rojo decide buscar en la montaña las cosas que no encuentra en ese mundo, dejando atrás sentimientos y afectos, saltando a la otra orilla, la del compromiso serio y veraz, de la que no se puede volver y, mientras los demás piensan que se perderá en la noche, él, apresuradamente, va en busca de la aurora.
Todo está escrito