Hubo aciertos y derrotas. Las hubo para humillarte y para fortalecer tus músculos mediocres. Ahora caminas seguro hacia el infinito. No hay otra meta delante que la meta inalcanzable. Nubes y brisas atraviesan los bosques de tu espíritu. No importa la cima si luego has de bajar de nuevo. Tocar el cielo no tiene mérito si no retienes un pedazo de azul entre los dedos. Cuéntame qué haces con tu soledad maldita. Confiesa por qué prefieres el silencio al ruido del mundo. O acaso deberías decirme que eres feliz con poca cosa, sobriamente, aspirando al vacío con ascetismo cátaro. Porque lo material pesa siempre demasiado. Porque la mochila debe ser ligera si quieres llegar lejos, y los pasos pausados para que el alma se empape de paisajes verdaderos.
Hubo derrotas y aciertos. Los hubo para confirmarte que la vida no es una broma aunque ganen las sonrisas sobre los lamentos. Ellas (las mujeres) fueron maestras. Amar es olvidarte de ti mismo. Hasta que te echas de menos. Luego viene la otra (la libertad) y se te lleva lejos, a los arrabales donde la luna se acuesta con los lobos. Y eres lobo de nuevo. Salvaje, indómito, fugitivo. Porque no es bueno que el hombre esté amarrado a los putos sentimientos. Amar es traicionarse. Hasta que te miras al espejo y te preguntas: ¿Qué coño hice conmigo? Y corres. Y vuelas. Y sueñas con las antípodas. Y huyes a las montañas. Anochece y te das cuenta que no llevas tienda ni saco ni manta ni comida... Las estrellas brillan allá arriba. Eres pequeño, minúsculo, imperceptible. Eres grande, valiente, auténtico. Estás perdido. Ya era hora. Dichosos los perdidos porque ellos podrán encontrarse. No hay cobertura y te has quedado sin batería. Perfecto. Para conectar con lo sagrado hay que desconectar de lo profano. Te adormeces rezando...

















