Recullo a Correus un paquet procedent de l'Uruguai. Conté un llibre de tapes blaves amb la foto d'uns pardals a la portada. Es tracta de Gorriones de la plaza d'Isabel Hernández Tibau. La Isabel viu a Montevideo i és una assídua comentarista d'aquest blog. Aquesta és la seva opera prima. Dins hi trobem cinc relats que evoquen la infantesa escrits des de la mirada madura i lúcida d'una dona plena de sensibilitat. Em va demanar que li fes un pròleg i vaig escriure això:
Dicen que nuestra verdadera patria es la infancia, el paraíso donde transcurrieron los primeros años de nuestra existencia, entre la inocencia y la curiosidad, cuando todo era hambre y sed de conocimiento. Lo que entonces fueron acontecimientos que marcaron nuestra educación sentimental e intelectual, con el tiempo se transforman en hitos que nutren nuestro ser maduro, memorias que nos enraizan con las fuentes originarias de las que bebimos durante los primeros pasos de nuestro camino vital. No es que luego hayamos dejado de ser niños (¡eso nunca!), sino que las circunstancias nos han empujado a guardar las apariencias, desempeñando tareas y cumpliendo obligaciones propias de adultos en esta sociedad tan previsible y programada. Pero mientras el niño o la niña interior permanezcan alerta, aunque agazapados, no todo está perdido. Hay esperanza.
Por suerte, existe la literatura, esa extraña manera de encontrar la salida del laberinto.
Isabel partió de su pueblo a la edad de 17 años rumbo a la capital, Montevideo. Dejó atrás el paraíso de Nico Batlle. Ella afirma que salió de allí con un enorme equipaje en el corazón. Algo de este “equipaje” lo podemos atisbar en los siguientes relatos. Aquella “niña de cabello rubio y lacio, delgaducha como una espiga, alegre, inquieta y curiosa, que pasó por allí su niñez, y fue a una escuela blanca con muchos ventanales por los que entraba generosamente el sol”, es la que ahora nos deja testimonio escrito de sus vivencias. Son textos que describen detalladamente la época, el lugar y sus gentes. Llama la atención que el título de cada relato sea un nombre propio, lo cual ya nos indica la importancia que para la autora tienen las personas. Don Juan (que es un avestruz!), el manco Casildo, la Srta. Lucía, Doña Práxedes, Adela, Roberto, Marcela, Rudecindo, Olázabal, Dimitri, Tufic, Serafina... Toda una nómina de personajes entrañables que nos acompañan a lo largo y ancho de estas páginas, cada cual con sus peculiaridades.
La protagonista, Isabelita, se relaciona con ellos cordialmente, a través de esa mirada límpida de niña, ahora tamizada por el paso de los años, cuando la mujer entreteje sus recuerdos y los cose punto por punto en sus escritos.
Hablando de Dimitri el griego, dice: “Mi presencia llenaba en él la necesidad que tienen las personas mayores de contar su pasado, sus recuerdos, y ser escuchados; y él llenaba mi necesidad de tener un abuelo que me contara cuentos, que en este caso eran de verdad.” (p. 123) Y, más adelante, cuando recibe el regalo del abuelo: “Te dejo esta embarcación para que cada vez que sueñes, puedas ir a los lugares más bonitos, en “libertad”. (p. 181) Sin lugar a dudas, la literatura es esa embarcación, esas palabras sagradas que tejemos en lo íntimo, el hilo que nos conduce hacia la verdad y la libertad.
Gracias, Isabel, por dejarnos este maravilloso regalo.








