Después del puente de Santa Juana, en el fundo Mawidahue , Patricio me acompaña hasta la entrada de la selva valdiviana. Recorreré el sendero que asciende al mirador. Aprendo el nombre de los árboles: koiwe, tepa, raulí, luma, olivillo, ulmo... Entre musgo, helechos y cañas, solitario, atravieso esteros de aguas cristalinas. Canta el chukau a mi derecha: ¡Buenos augurios! “Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta” -escribió Neruda al principio de sus Memorias . “Nada nos detiene en el derrotero, somos una corriente de sueños infinitos que se extiende más allá de todos los días por venir” -escribió Quichiyao en su último libro. Vengo de muy lejos, del norte mitificado, de la vieja Europa que se hunde en su propio ocaso . Busco el verde más intenso, el aire más puro, las voces indígenas que sobreviven en esta tierra fértil. Hay en mi mochila un sueño: la libertad y el viaje hacia el sur del mundo, la dicha del agua que fluye río abajo, la mirada de la gente -tu mir...