En realidad, la sumisión de la mujer a los orgasmos —únicos, plurales, sucesivos— es una sumisión a las formas de placer masculinas. Es ahí donde ha nacido toda esa noción de la frigidez que domina entre nosotros. El orgasmo se convierte, como muchas veces para los hombres, en algo que hay que perseguir, como un fin, como un premio, como una paga. Entonces, el placer está perdido; el placer desconocido, imprevisto, está perdido; aquello se convierte en un trabajo ("hacer" el amor): la imposición de lo teleológico anula cualquiera de las posibilidades que el sexo por excelencia, el femenino, podía tener en sí. Se plantea ahora la curiosa cuestión de por qué, diciendo esto que digo del coño, o más bien diciendo el coño esto que está diciendo por mi boca, si es que acierto, se da, sin embargo, que la mayoría de las mujeres, no sólo es que sean más o menos frígidas y que, como decía honestamente en su canción Georges Brassens, «el 95% de las veces la mujer se aburre follando»,...